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EN POCAS PALABRA MI VIDA.

21 May

Un diez de junio de mil novecientos sesenta y seis, en un humilde hogar, nació una niña muy delgada, muy negra y fea, pero desde ese momento Joaquina demostró que tenía fuerza. Fuerza que demostrara con el paso de los años.
Sus padres Silverio y Romana, lucharon tanto por sacar a sus hijos adelante, que Joaquina de ellos aprendió, que quien algo quiere, lo puede conseguir con lucha y trabajo.
La vida le puso peldaños, peldaños duros para una niña, con cinco años camino de seis, un día en el campo tropezó, con tan mala suerte que su muñeca se partió. Sus padres inmediatamente la llevaron a Don Gonzalo, el médico del pueblo, quien les dijo a los padres que le pondría una venda, la venda era elástica, y al amanecer del día, cuando Romana, la madre fue a ver a la niña, un grito en la casa se escucho. ¿Que le pasaba a su hija?, ¿que le ocurría a su manita morena?, toda negra, grandes ampollas, y sus dedos cerrados, su muñeca con un gran bulto, eran sus tendones. Diagnostico gangrena, llego el médico, le quito la piel, hoy esa niña, aún se le llenan los ojos, al recordar tan grande sufrimiento.
Don Gonzalo hablo con los padres, la pequeña podía perder su mano, había llamado al mejor traumatólogo de España, estaba en Madrid, y había decidido verla, Romana lloraba, no sabía leer, y ahora tenía que dejar atrás a su marido, y con el a Emi, su hija mayor, que contaba ocho años, y lo que más le dolía era dejar a Silve, que solo tenia un añito.
Emprendieron el viaje, Joaquina estaba emocionada, viajaba en tren, todas sus vecinas la habían despedido con lágrimas en los ojos, sus abuelas, Emilia y Flora la había abrazado tan fuerte que en el tren recordaba ese gran abrazo. Ella se mareaba mucho en los viajes, y su abuela Emilia le había colocado en su ombligo una aspirina con esparadrapo, había oído que eso impedía el mareo, la niña no se mareo, seguramente por pensar que la aspirina le impedía el vomito.
Cuando llegaron a Madrid, tanto la madre como la hija, que nunca había viajado más lejos de Cáceres, quedaron fascinadas de aquellos altos edificios, de la gente corriendo. A la llegada a la estación, las esperaban Nemesio, Norberto, los hermanos más pequeños de Romana, y también estaba Quico, el hermano pequeños de Silverio, abrazaron fuertemente a Romana, quien no dejaba de llorar, y cogieron en brazo a la pequeña.
Todos ellos junto a Don Gonzalo, marcharon a la consulta del Doctor Salamanca, era una eminencia en traumatología en España.
Salieron de la consulta preocupados, el brazo de la niña corría el riesgo de que fuera amputado.
El médico regreso al pueblo, allí conto lo que su colega madrileño había dicho, el pueblo entero estaba preocupado, pues Herreruela es pequeño, no más de cuatrocientos y pico de habitantes, y casi todos familia.
Romana y la niña se quedarían en la pensión que regentaba Don Ángel y Doña María, que eran los tíos de María Jesús, la novia de Norberto. Romana trabajaría en la cocina del bar, para poder pagar lo que costaba la pensión.
Todos los días tenían que ir al hospital de la Paz, tenían que coger el metro, y después el tranvía, en reto para Romana que no sabía leer. Sus hermanos la acompañaron los primeros días. Pero esa madre con coraje, que se levantaba muy temprano para ayudar en los desayunos del bar, cuando llegaba la hora de llevar a su niña a rehabilitación, aprendió tan rápido el camino, que nadie hubiera supuesto, que no sabía leer.
A la hora de la rehabilitación, allí estaba madre e hija, el doctor Pozo, y el doctor puro, apodo con el que llamaban Joaquina y Toribio al médico que tenía todos los días fumaba puro.
Toribio era un niño algo mayor que Joaquina, era de La Solana, Ciudad Real, tenía un problema también en un brazo, su madre Manuela y Romana se unieron en su lucha, parecían con el paso del tiempo dos hermanas.
Manuela tenía una situación económica más solvente que la extremeña, por lo que muchas veces era ella quien invitaba.
Cuando salían del hospital, cada una por su lado, se daban un beso y hasta el día siguiente. Romana cogía de la mano a su niña y de regreso a la pensión, otra vez a la faena, tocaba la hora de la comida.
La pequeña tenía con quien jugar, pues los nietos de Ángel y María iban a verla casi todos los días, Luchi, Ángel, Lola y todos los demás jugaban con ella. Pero Lola una niña muy gordita, se convirtió en la mejor amiga de juegos. Un día hubo un gran revuelo en el bar, sin saber como los cangrejos que habían comprado en el mercado se había salido del cubo donde estaban, y se lleno todo el bar, para los niños aquello fue una fiesta.
Romana hablaba una vez en semana con su marido, cuando colgaba el teléfono, la pequeña la abrazaba, y con su manita buena, le limpiaba las lágrimas, ella no comprendía lo duro que era para su madre el día a día, lejos del hombre que tanto amaba, y de sus niños. Pero miraba la manita de su niña, y enseguida la abrazaba muy fuerte, y le decía con una amplia sonrisa, no te preocupes mi niña pronto estaremos con ellos.
Ya llevaba en Madrid dos meses y la mano seguía igual, no se lo dijo a nadie, pero estaba agotada. Pero aun así, llevo a su niña al zoo, al parque de atracciones, quería que tuviera momentos de alegría para que así pudiera olvidar los duros momentos de rehabilitación.
Se acercaba ya el tercer mes de su estancia en Madrid, Romana aquel día iba con miedo, pues el día anterior escucho la palabra amputación, la niña no había mejorado, y el doctor puro parecía que iba arrojar la toalla, pero el doctor Pozo cuando vio las lagrimas de la madre, dijo que lo intentarían una semana más. Le pusieron un aparato en la mano, como unos tensores para los dedos.
Ya hacía tres meses de su llegada a la capital, cuando Romana escucho lo que le parecía un sueño, le daban el alta a la niña, se recuperación había sido milagrosa. Se despidieron de médicos y enfermeras, de niños enfermos, pero llego el momento de que despidieran de Toribio y Manuela, el no tuvo la suerte de la pequeña Joaquina, el quedo manco. Romana y Manuela se despidieron tras tres meses de lucha, y de compañía mutua.
Se despidieron de Ángel y María, de sus hijos y de sus nietos, y los asiduos al bar se despidieron de la extremeña, una madre coraje de verdad. Cogieron a la pequeña morenita, y la abrazaron fuertemente, y le dijeron que todo se arreglaría, que su mano tendría la misma movilidad que tenía la izquierda, que algún día ese feo aparato que le tiraba de los dedos desaparecería.
Un silbido y el tren anunciaba la estación de Cáceres, Romana lloraba y sonreía, con su niña de la mano, y bajaban del tren, y la pequeña corrió a los brazos de su padre, mientras su madre abrazaba fuerte a sus hermanos, y se fundió en un apasionado beso con su marido.
Llegaron al pueblo y el recibimiento fue muy grande, sus vecinas le habían comprado un regalo, un anillo para que lo luciera cuando su mano estuviera totalmente curada.
Pasaban los meses y la niña poco a poco, fue recuperando todo la movilidad. Por fin tenía su mano libre, ya no tenía los hierros. La pequeña había recuperado por completo toda su mano, nadie diría por el infierno que habían pasado.
Llego la hora del colegio y con ella el mes de septiembre, otro reto para Romana, sus dos niñas tenían que acudir al colegio, para evitar que estuvieran todo el día en la carretera, decidieron meterlas en un internado, la escuela hogar León Leal de Montánchez, a unas dos horas en coche.
Emi ya había estado el curso anterior, pero la pequeña Joaquina todo era nuevo para ella. Su hermana la llevo junto a sus compañeras de clases, y estas al verla tan morena, le hicieron un circulo y comenzaron a cantar, esta niña fea y negra seguro que es mora, pero la pequeña ni se inmuto, tras lo vivido con su mano y brazo, se consideraba una heroína.
Se hizo al colegio, dos amigas inseparables acompañaban a la pequeña día y noche, eran Gori y Ana Mari, todo el día juntas, defendiéndose las tres de cualquier signo de batalla. Estas tres niñas crecieron juntas, pues sus vidas estuvieron unidas durante la E.G.B, al terminó de la misma cada una se marcho a sus respectivos pueblos.
La familia había aumentado, cuando Joaquina tenía doce años nació Pili, una preciosa niña.
Una mañana, cuando Joaquina tenia dieciséis años, no se encontró bien, y cuando su madre se dio cuenta, le puso el termómetro, tenía muchísima fiebre, le dolía la nuca, la llevaron al médico, y este la envió inmediatamente al hospital de Cáceres, se confirmo la sospecha del facultativo del pueblo, tenía meningitis. Otra vez su madre junto a ella, incomunicada, y lo peor de todo que a la pequeña Pili, la habían ingresado el mismo día, por suerte, solo tuvo fiebre reumáticas. Romana veía que Joaquina estaba cada día peor, y una mañana, concretamente el día trece de mayo, creía que se moría, vomito tantas bilis, que fue horrible, pero esto la hizo reaccionar, y comenzó a mejorar, estuvo incomunicada ocho días. Cuando le dieron el alta, había adelgazado ocho kilos, se la veía como un palo, muy alta pero muy delgada.
Joaquina no quiso estudiar, se fue a Cáceres a trabajar como empleada de hogar, allí estuvo hasta que Javi se cruzo en su camino. Era un chico sevillano, que estaba haciendo la mili, le quedaba un mes para licenciarse, ella pasaba de los militares, pero cuando vio esos hermosos ojos verdes, se fijo en el. Y un veinticuatro de mayo de mil novecientos ochenta y siete, camino de la feria de Cáceres, iban con la pandilla, cuando de repente, sus manos se entrelazaron, se miraron, y una hermosa sonrisa en sus labios se vio. Javier se acercó y deposito el más hermoso beso que nadie podía imaginar.
Joaquina estaba triste, pues un mes después el marcho para su Sevilla, pensaba que todo acabaría, que había sido un hermoso sueño, pero no, él la llamaba casi todos los días, y un fin de semana, sin decir nada, se presento en Cáceres, comprendieron los dos, que estaban locamente enamorados.
La distancia, el no poderse ver todos los días, hizo que cuando Javier comenzó a trabajar, decidieran pese a su juventud casarse, fue una moneda al aire, él tenía veintiún años y ella cumplidos los veintidós, cuando un cinco de noviembre de mil novecientos ochenta y ocho, contrajeron matrimonio.
Joaquina dejaba atrás su tierra, pero marchaba a la ciudad más bella que nadie pudiera imaginar.
Era una hermosa pareja, cada día se amaban más. Javier entrenaba, jugaba al fútbol todos los días tras el trabajo, la verdad, que entre el trabajo y los entrenamientos, ella pasaba muchas horas en soledad.
Un día se sintió mal, fue a urgencias, le había dado un cólico nefrítico, le hicieron una analítica, y a las tres horas la llamaron de nuevo a la consulta, por la cara de los médicos algo ocurría, ellos dos se cogieron de la mano, y escucharon los resultados de la analítica, su mujer no puede quedarse embarazada, no coger objetos punzantes, no caerse. Javier no podía más y pregunto: ¿Qué le ocurre a mi mujer?, el médico fue rotundo, Joaquina esta sin defensa en la sangre, tiene sesenta y cinco plaquetas.
Y comenzó otro pelegrinar de hospital, departamento de hematología, primero todo clase de analítica, ella pensaba: con tanta analítica me van a quitar las pocas plaquetas que me quedan. Un día fue doloroso, tenían que punzarle la médula para extraerle líquido.
A las pocas semanas le dieron el diagnostico, PURPURA TROMBOCITOPENICA, Joaquina pensó, que sería imposible recordar el diagnostico, pero pronto aprendió a decirlo. Lo más duro el tratamiento, corticoides, empezó a poner peso, se sentía mal siempre tuvo una bonita figura, se le puso la cara como la luna llena, le salió bello en la cara.
Pero Javi siempre estaba a su lado, la amaba tanto, que le dolía verla como estaba, el tratamiento le afectaba las articulaciones teniendo grandísimos dolores.
El día once de junio de mil novecientos noventa y uno, empezó a trabajar junto a Javier.
En el año noventa y dos además de la Expo, también fue importante en la vida de los dos jóvenes, ella supero su enfermedad, le dieron el alta, y volvieron a tener una vida normal.
Vivieron la Expo día a día, conocieron a gente de todo el mundo, disfrutaron los dos juntos, cada día más enamorados. Javier ya no jugaba al fútbol, pasaban todos los días juntos, con simples miradas sabían lo que el otro deseaba.
En el año noventa y cinco se compraron su primera vivienda, ya era hora de aumentar la familia, y en mayo del noventa y cinco, Joaquina estaba embarazada, Javi la mimaba, la cuidaba y observaban como día a día la tripa aumentaba, la pequeña Beatriz comenzaba a moverse.
El ginecólogo decía que todo venía bien, sin problemas, que la niña tenía el peso y todo bien.
El día veintitrés de febrero de mil novecientos noventa y seis, por fin se pone de parto, marcho para la clínica, a las siete de la mañana, a las diez le rompieron la bolsa, a partir de las doce contracciones cada un minuto, solo en la habitación con su familia, nadie venia, Javier viendo el sufrimiento llama a una enfermera, pero lo único que hace es pincharle un calmante, jura para sus adentros que no volverá a tener más hijos, sufre por su mujer. A las tres y media viendo que nadie pasa a verla, va al mostrador, y pregunta que qué pasa, que su mujer no puede mas, por fin la bajan a paritorio.
Cuando esta en paritorio, por mucho que intenta empujar con las pocas fuerzas que le quedan, la niña no sale, por fin llega su ginecólogo, le pregunta que qué tal esta, ella le dice que sin fuerzas. La durmieron, y cuando despertó vio a su pequeña, tenía una herida pequeña en su cabeza, tenía la cabeza como un pepino, y su nariz torcida, la mira y piensa para sus adentros que qué fea es. Acto seguido se sienta en la cama, no tiene dolor ninguno pese a estar cosida, con al menos veintinueve puntos, se ducha sin ayuda, parece como si no hubiera parido.
En los días siguientes, la niña cambia, su nariz esta en su sitio, su cabeza es redonda, y sus ojos son claros como los de su padre, Beatriz es muy buena, no llora, su madre esta loca con ella. Pero no ha comentado nada, tras el parto algo ha cambiado, su brazo de vez en cuando tiembla, sus piernas pierden fuerza. Se lo comenta a Javi y deciden ir al traumatólogo, cuando la ve, le dice que no es de traumatología que debe ir al neurólogo, se queda extrañada. Comienzan pruebas y más pruebas y a l final el diagnostico que todos conocéis PARKINSON.

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1 comentario

Publicado por en mayo 21, 2012 en LIBROS

 

Una respuesta a “EN POCAS PALABRA MI VIDA.

  1. Teodora

    marzo 1, 2013 at 11:35 pm

    Joaqui, he leído tu historia. Aunque me acordaba de algunas cosas, por ejemplo, de la mano, a mi madre le paso igual en una pierna, con el mismo tipo de venda. Nunca se le curo del todo, pero ya he visto la lucha que has llevado hasta aquí. Se ve que eres una mujer valiente, ánimo, junto a tu marido y tu hija.

     

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